El arte de trascender: Lo que enseñan 50 años de The Washington Ballet
Cumplir cincuenta años de trayectoria representa un acontecimiento extraordinario para cualquier institución cultural. En el caso de una compañía de ballet, donde la excelencia artística exige una renovación permanente de talentos, repertorios y propuestas escénicas, alcanzar medio siglo de actividad constituye un logro que trasciende las funciones presentadas y los reconocimientos obtenidos.
Este 2026, The Washington Ballet celebra sus primeros cincuenta años de existencia. La ocasión fue recogida por The Washington Post en un artículo publicado el 17 de octubre, en el que se repasa la historia de una compañía que, desde sus orígenes, encontró en la creatividad, la innovación y la disposición a asumir riesgos artísticos algunos de los elementos fundamentales de su identidad.
Su trayectoria invita a reflexionar sobre una cuestión que resulta relevante para todas las organizaciones dedicadas a las artes escénicas: ¿qué permite que una compañía artística trascienda a sus fundadores, a sus directores y a las generaciones de bailarines que han pasado por sus escenarios?
La respuesta, como demuestra la experiencia de Washington, va mucho más allá del talento.
Una visión que se convierte en institución
La historia de The Washington Ballet comenzó antes de la fundación formal de la compañía. En 1944, Mary Day y Lisa Gardiner establecieron The Washington School of Ballet, una escuela que con el tiempo se convertiría en un referente de formación dancística en Estados Unidos.
Fue hasta 1976 cuando Mary Day decidió constituir una compañía profesional que permitiera ofrecer oportunidades escénicas a los jóvenes talentos formados en la institución. Desde sus primeras temporadas, la organización apostó por la creación coreográfica, particularmente mediante la colaboración con Choo San Goh, quien desarrolló diecinueve obras para la compañía antes de su fallecimiento en 1987.
Aquella decisión marcaría profundamente su identidad. En una ciudad que recibía regularmente a las principales compañías internacionales, The Washington Ballet comprendió que su desarrollo no podía depender exclusivamente de la interpretación de un repertorio compartido con otras organizaciones.
Era necesario construir una voz propia.
Con el paso de los años, esa visión permitió que la compañía desarrollara un repertorio distintivo, incorporara nuevas propuestas coreográficas y estableciera una relación particular con la identidad cultural de Washington.
La experiencia ilustra cómo una institución artística comienza a trascender cuando consigue transformar una visión individual en un proyecto colectivo, capaz de evolucionar sin perder aquello que le dio origen.
Preservar la tradición también significa renovarla

El ballet posee una característica singular entre las disciplinas artísticas: su repertorio clásico constituye un patrimonio cultural que se transmite de generación en generación.
Obras como El lago de los cisnes, La bella durmiente, El cascanueces y Don Quijote han permanecido vigentes durante décadas y, en algunos casos, más de un siglo. Su permanencia responde tanto a su extraordinaria riqueza artística como a la capacidad de las compañías para mantenerlas vivas mediante nuevas interpretaciones.
Sin embargo, preservar ese patrimonio no significa limitar la actividad artística a su reproducción.
Durante la gestión de Septime Webre, quien dirigió The Washington Ballet entre 1999 y 2016, la compañía desarrolló producciones originales inspiradas en la historia y la cultura estadounidenses, entre ellas una versión de El cascanueces ambientada en Washington y adaptaciones de obras literarias como El gran Gatsby. Estas creaciones coexistieron con la presentación de los grandes clásicos del repertorio internacional.
Parecería que la tradición y la innovación representan caminos distintos, incluso opuestos; sin embargo, la historia del ballet demuestra precisamente lo contrario: muchas de las obras que hoy se consideran clásicas fueron, en su momento, expresiones de una búsqueda artística novedosa.
La tradición se fortalece cuando encuentra nuevas formas de expresión.
En este sentido, la creación de repertorio propio no solamente amplía las posibilidades artísticas de una compañía. También representa una aportación al patrimonio cultural de las generaciones futuras.
Las personas construyen el legado; las instituciones lo preservan
A lo largo de cinco décadas, The Washington Ballet ha transitado por distintas etapas de dirección artística, cada una con propuestas, prioridades y formas particulares de entender el desarrollo de la compañía.
Mary Day sentó las bases de su identidad; Septime Webre impulsó una etapa de expansión creativa y vinculación comunitaria; Julie Kent profundizó en el desarrollo técnico y artístico de sus bailarines, mientras que Edwaard Liang, director artístico desde 2023, encabeza una nueva etapa orientada a la colaboración y la renovación del repertorio.
Detrás de cada una de estas etapas se encuentran generaciones de bailarines, maestros, coreógrafos, músicos, técnicos y profesionales que han contribuido a construir una historia compartida.
Esta continuidad constituye uno de los mayores logros de una institución cultural.
A diferencia de una obra artística individual, cuya permanencia puede descansar en su conservación material, el ballet requiere que el conocimiento y la experiencia se transmitan permanentemente entre personas. La técnica, la interpretación, la disciplina y la sensibilidad artística necesitan cultivarse todos los días.
Por ello, la formación de nuevas generaciones no es una actividad secundaria dentro de una compañía de ballet. Es una condición fundamental para asegurar su futuro.
Los bailarines que hoy se encuentran en formación serán quienes interpreten, transformen y eventualmente transmitan el repertorio a las generaciones siguientes. En esa continuidad reside una parte esencial del legado institucional.
Una compañía de ballet también pertenece a su comunidad
Otro aspecto destacable de la historia de The Washington Ballet es su capacidad para construir una relación cercana con la ciudad que le dio origen.
A través de producciones vinculadas con la identidad local, programas educativos y actividades comunitarias, la institución ha procurado acercar la danza a distintos sectores de la población.
Su vinculación con THEARC, un espacio comunitario y cultural del sureste de Washington, constituye un ejemplo de cómo una compañía profesional puede extender su actividad más allá de los escenarios tradicionales y contribuir al acceso a la formación artística.
Esta dimensión permite comprender que el valor de una institución cultural no debería medirse únicamente por la cantidad de funciones que presenta ni por el reconocimiento que obtiene fuera de su lugar de origen.
También debe considerarse su capacidad para despertar vocaciones, formar públicos, generar sentido de pertenencia y enriquecer la vida cultural de su comunidad.
Cuando una ciudad reconoce a sus instituciones artísticas como parte de su identidad, se establece una relación que trasciende la experiencia individual de asistir a una función.
El público deja de ser únicamente espectador para convertirse también en parte de la historia de la institución.
Ballet de Monterrey y la construcción de un legado propio

La reflexión que ofrece el aniversario de The Washington Ballet encuentra un significado especial para Ballet de Monterrey.
Desde su fundación, la compañía regiomontana ha trabajado para consolidar un proyecto artístico que combine la excelencia técnica, la preservación del repertorio clásico y la apertura a nuevas formas de expresión.
Su historia ha sido construida por generaciones de artistas, maestros, directores, colaboradores y personas comprometidas con el desarrollo cultural de Monterrey.
Actualmente, esa visión continúa evolucionando mediante nuevas producciones, proyectos de formación, colaboraciones artísticas y propuestas que buscan ampliar tanto las posibilidades creativas de la compañía como su relación con los públicos.
La temporada 2027 representa una expresión de esta búsqueda. La combinación de grandes obras del repertorio clásico con nuevas creaciones, entre ellas una producción original de La Traviata, refleja una apuesta por mantener viva la tradición y, simultáneamente, contribuir al desarrollo de nuevas propuestas escénicas.
No se trata de reproducir las experiencias de otras compañías ni de seguir necesariamente los mismos caminos. Cada institución responde a circunstancias históricas, culturales y sociales diferentes.
Lo que sí comparten es una aspiración fundamental: construir un proyecto artístico cuya relevancia no dependa exclusivamente de una temporada exitosa, sino de la capacidad de seguir aportando valor cultural a lo largo del tiempo.
Para Ballet de Monterrey, esta aspiración supone continuar fortaleciendo su identidad, impulsar la creación artística, desarrollar nuevos talentos y profundizar su vinculación con una comunidad que ha acompañado su trayectoria.
También implica reconocer que la excelencia no constituye un destino definitivo, sino un compromiso permanente de superación.
El verdadero significado de trascender
La celebración de los primeros cincuenta años de The Washington Ballet recuerda que las grandes instituciones artísticas no se construyen de manera inmediata ni permanecen inalterables con el paso del tiempo.
Su historia es resultado de decisiones, esfuerzos, transformaciones y, en ocasiones, dificultades que obligan a reconsiderar el camino sin abandonar la esencia del proyecto.
Cada generación recibe un patrimonio artístico e institucional que tiene la responsabilidad de preservar, enriquecer y transmitir.
Ese es, quizá, uno de los significados más profundos de la permanencia en las artes escénicas.
Porque una compañía de ballet no trasciende solamente por las obras que presenta, sino por aquellas que hace posibles para el futuro; no únicamente por los artistas que hoy ocupan sus escenarios, sino también por aquellos que encontrarán en ella una oportunidad de desarrollar su talento.
Celebrar cincuenta años de The Washington Ballet es, por tanto, reconocer la importancia de construir instituciones culturales capaces de evolucionar, de preservar su identidad y de mantener viva su contribución al arte y a la sociedad.
En el ballet, como en toda manifestación artística, el verdadero legado no consiste solamente en conservar lo que se ha recibido, sino en enriquecerlo para quienes habrán de continuar la historia.

